Mi lucha contra ETA (III)

Cara a cara con el presunto asesino de mi padre

Ilustraciones / Jon G. Balenciaga

La decisión de entrevistar a etarras no fue fácil. Existían varios riesgos evidentes; al fin y al cabo no dejaban de ser terroristas. Tampoco olvidaba que ETA no se había disuelto, sino que mantenía una "tregua indefinida". Lo que más me preocupaba era la posibilidad de que esta iniciativa se hiciera pública de alguna forma. Que una víctima fuera a visitar a presos de la banda solía ser noticia entonces, y esa publicidad podía ser contraproducente para mi objetivo.

Sin embargo, no veía otra alternativa para seguir investigando el asesinato de mi padre. Cualquier pista, por remota o inverosímil que pareciera, era más de lo que tenía hasta aquel momento.

Jesús García Corporales

El encuentro con Jesús García Corporales, alias Gitanillo y Legionario, tuvo lugar el 3 de septiembre de 2013 en una celda de la cárcel de Zaballa, en presencia del director de la prisión. Me preparé esa entrevista a conciencia, dado que Corporales era el único etarra que aparecía en el sumario del caso señalado como posible miembro del comando Madrid en el momento del atentado. Concretamente, en el folio 379, junto a Soledad Iparraguirre Anboto (o Marisol) y José Javier Arizkuren Kantauri.

Por supuesto, entonces no tenía ni idea de que este etarra era, casi con seguridad, uno de los asesinos de mi padre.

Para documentarme, contacté con fuentes policiales -siempre de forma secreta, extraoficial, bajo cuerda- que me proporcionaron un informe completo, aunque no aportaba mucho más que lo que ya aparecía en el sumario. Desde finales de julio de 2013 conocía su situación penitenciaria: 11 permisos, el primero concedido en diciembre de 2010. En enero de 2013 había pedido acogerse al artículo 100.2 del Reglamento Penitenciario, que permite la incorporación progresiva al Medio Abierto de penados clasificados en segundo grado de tratamiento: en definitiva, poder salir de prisión.

Estudié las fechas y lugares de su periplo terrorista, desde su época de legal -no fichado por la Policía- como colaborador con el comando Araba hasta su huida a Francia y su supuesto retorno como liberado -fichado, pero en libertad- e integrante del comando Madrid, que siempre ha negado. Me fijé bien en las fotos. Reservé hotel en Bilbao y un coche de alquiler. La entrevista estaba fijada a las 10:00 horas.

La llegada a la prisión, situada en la falda del monte San Miguel, se realiza por una carretera sinuosa entre praderas verdes. Al final del camino hay un amplio aparcamiento construido sobre terrazas. Llegué a la entrada y me recibió el propio director, Juan Antonio Pérez Zárate, acompañado por parte de su equipo. Me explicaron que existía un protocolo para preparar a las víctimas del terrorismo de modo que se minimizase el posible impacto emocional que supone sentarse cara a cara con un etarra, por muy arrepentido que estuviera éste. También se suele preparar al reo para este tipo de encuentros, no para condicionar las posibles respuestas sino para aprender a gestionar sus propias emociones.

Yo les comenté que llevaba un cuestionario muy preparado y detallado. Simplemente quería que García Corporales me contase todo lo que él pudiera saber sobre el caso del asesinato de mi padre: fechas, nombres, lugares, estructura de comandos, sistema de fugas y paso de frontera entre Francia y España... Les agradecí a los funcionarios el trato amable, pero les dije que no necesitaba preparación alguna.

Cuando llegamos a la celda en donde iba a tener lugar el encuentro -paredes de cemento, tres sillas, una mesa baja-, García Corporales entró justo antes que yo. No le reconocí. Las fotos policiales que había visto de él eran muy antiguas, en blanco y negro, poco nítidas, tomadas en los años noventa. Me encontré cara a cara con un hombre de corta estatura, vestido con camisa y jersey de lana, el pelo muy corto, gafas y bien afeitado. Recuerdo que pensé: "¡Coño, qué pequeño es!".

Comenzó el diálogo, que fue casi un interrogatorio, con una simple cuestión: si tenía algo que decir, aquél era el momento. García Corporales se encogió de hombros y murmuró la razón por la que había decidido abandonar ETA: se sentía "decepcionado". "Somos todos un poco responsables de todo", comentó. Reconoció que ninguna víctima de ETA le había preguntado jamás por los dos atentados por los que cumplía condena: un total de 112 años, refundidos a 30. Fue detenido en Francia en 1994 y su salida de prisión estaba prevista para 2019.

Abandoné ETA porque estaba decepcionado. Somos todos un poco responsables de todo

A las múltiples preguntas que yo le hacía, él sólo reconocía que había huido a Francia en 1989, que nunca había estado en Madrid; sólo una vez "pasó" por la capital camino de Melilla, donde hizo la mili, y por eso le llamaban Legionario. Jamás le habían llamado Gitanillo. Durante su estancia en Francia su enlace con la banda terrorista era un tal Juanpi.

Le pregunté directamente dónde se encontraba durante el mes de junio de 1993, en fechas anteriores y posteriores al atentado. Sus respuestas reflejaron varias contradicciones y vaguedades. Afirmó que andaba escondido en San Juan de Luz en mayo del 93, y que desde el año anterior no recibía ayuda. Luego le trasladaron a Chaudes-Aigües "durante el verano". A finales de agosto le llevaron a Hendaya.

No concretó fechas, a pesar de que ETA le movió de escondite nada menos que tres veces en un solo verano. Según él, tenía muy poco contacto con ETA, sólo a través del tal Juanpi. "No me llegaban ni los zutabes (boletines internos de la banda terrorista)", comentó. Negó rotundamente toda relación con el atentado del 21 de junio de 1993, y negó conocer a Ignacio Gracia Arregui, o Gorosti.

Terminó la conversación con un apretón de manos.

Instituciones Penitenciarias impidió entonces el acceso a la charla mantenida con García Corporales, que quedó grabada tal y como obliga la Ley General Penitenciaria. Alegaba la obligación institucional de proteger los derechos del preso.

Toda la conversación, resumida anteriormente, quedó reflejada en varias notas garabateadas en una minúscula libreta apoyada sobre mis rodillas durante el encuentro.

Aitor Bores

Los siguientes etarras con los que quería reunirme eran Aitor Bores e Iñaki Rekarte. El primero estaba cumpliendo condena en Zaballa, el segundo se encontraba en la cárcel de Martutene, en San Sebastián. En esa ocasión, el Ministerio del Interior tardó más de mes y medio en tramitar la solicitud de ambos encuentros.

Según el historial oficial de Bores, había pertenecido al talde legal (grupo no fichado) de manguis -robaba coches para atentados- y tuvo relación directa con el comando Vizcaya. Tras pasar una temporada en Francia volvió a España en noviembre del 96 y fue detenido el 19 de marzo del 98. Sobre él, de hecho, recaen seis sentencias condenatorias y un total de 107 años, seis meses y un día de prisión, refundidos a 30 años. Suponía que, por las fechas en los que estuvo activo como terrorista de ETA, quizá supiera decir quién era el jefe de la banda, y así poder vincular a Gorosti siquiera mediante una declaración suya.

El encuentro con Bores -un hombre corpulento y rubicundo, vestido con ropa de trabajo- tuvo lugar en la misma celda de la entrevista con García Corporales tres meses antes. Tras un apretón de manos, nos sentamos frente a frente. Bores contó que él no se había acogido a la "vía Nanclares", que su caso era una "decisión personal" que tomó en un traslado a la prisión de Burgos en abril de 2010. Se arrepintió a cambio de su acercamiento. No dio más explicaciones. Según sus palabras, se acumulan "muchas gotas en el vaso" hasta que uno decide salir de la banda. "Uno se mete sin dar explicaciones y sale igual", comentó.

Uno se mete en ETA sin dar explicaciones y sale igual

Su mote en la banda era Ezkur, bellota en vasco. Contó una historia sobre unas bellotas que llevaba con él cuando huyó a Francia en 1994. Le habían dicho que eran del árbol de Guernica. Como le gustaba la jardinería, decidió plantar una y brotó.

Bores huyó de España después de ver caer al comando Vizcaya: Ángel Irazabalbeitia (muerto durante un tiroteo en la detención del comando), Lourdes Txurruka (herida) y José Luis Carmona Koldo (detenido ileso).

Durante el encuentro negó cualquier acción armada como legal. Sólo reconoció hacer trabajos de infraestructura: robar coches, buscar lonjas, cosas así. Por tanto, insistió en que no había participado directamente en ningún atentado antes de huir a Francia. En concreto, negó expresamente cualquier acción en Irún o en Hondarribia.

Lo que sí contó fue que, como legal, tenía contacto con varios liberados. Era a través de éstos como llegaban las órdenes "de arriba", los objetivos y las tareas que le encomendaban. "Aparecían y desaparecían". Mencionó a Iñaki Bilbao y a Gorka Martínez. No dio más nombres.

Nadie le ayudó a escapar a Francia, según él. La historia de su huida que narró era como de película, un poco increíble. Dijo que esperó en una buhardilla en rehabilitación en el casco viejo de Bilbao durante un par de semanas. Sólo salía "lo necesario". Como nadie iba a buscarle ("Esperé al contacto pero no venía", dijo), decidió tomar un autobús hasta la frontera. Desde allí consiguió llegar hasta Bayona él solo, aunque no contó cómo. Una vez cruzada la frontera le acogió un refugiado, Iñaki Goroikoetxea.

Le llevaron a entrenar a un sitio secreto, con los ojos vendados y en un vehículo cerrado, aunque dijo que no sabía dónde estaba ese lugar. Allí mantuvo contacto con Jon Bienzobas Arreche, alias Karaka y José Javier Arizkuren Ruiz, Kantauri.

En un momento dado, cuando le pregunté si fueron ellos quienes le entrenaron en la fabricación de bombas, Bores se rió de la cuestión. "Yo les enseñé a ellos", afirmó, refiriéndose a Bienzobas. En ese momento me tensé: "A mí nada de esto me hace ni puta gracia, ¿ves que no me río?", le dije. El etarra se disculpó con un murmullo y prosiguió la entrevista.

El preso comentó que por la época (93 ó 94) "andaban" por Madrid Macario, Kantauri y Anboto, aunque no lo dijo muy convencido. Recordó que en el 93 él era aún legal y que este tipo de datos, si acaso, lo saben los liberados. Mencionó también a Joseba Koldo Martín Carmona como alguien que "posiblemente" estuvo en Madrid. Sobre el atentado del 21 de junio del 93 aseguró que no sabía absolutamente nada.

En un momento dado la conversación giró en torno a cómo se realizaban atentados con coche bomba, una actividad en la que Bores era tristemente un especialista: qué se necesitaba, cuánta gente, qué infraestructura... El etarra contó que un equipo solía controlar a pie de calle los recorridos posibles de los "objetivos". Luego el propio comando elegía un lugar "idóneo". "La consigna de la banda, de los jefes, era que siempre estuviera enfocado a los objetivos", comentó. Ante el hecho de que en la historia de ETA ha habido atentados que han sido especialmente crueles e indiscriminados (Hipercor en 1987, por ejemplo), respondió encogiéndose de hombros.

La consigna de la banda, de los jefes, era que siempre estuviera enfocado a los objetivos

Bores nunca se cuestionó las órdenes de "los de arriba", de la cúpula de ETA. Pero a continuación se contradijo. "ETA no era un ejército, si lo fuera seguiría funcionando", afirmó. "Siempre he estado en contra de matar a concejales y a funcionarios de prisiones", dijo, y añadió: "Había objetivos claros". Sin más.

Esa misma noche, el director de la prisión de Zaballa y su mujer quedaron conmigo para tomar unos pinchos en la Plaza Nueva de Bilbao. En un ambiente más relajado, explicaron muchos detalles de la situación que se vive como responsable de una cárcel particular, en la que un pequeño grupo de funcionarios cree en la reinserción de los presos etarras. Me ayudaron a comprender la situación en el País Vasco.

Ambos aportaron contexto en un momento extraño en el que ETA prácticamente estaba muerta y su base social, dividida por el alivio tras años de violencia, por el aislamiento hipócrita de quienes no hacía mucho callaban y aceptaban esa violencia, y por el discreto -pero constante- reconocimiento a los gudaris asesinos.

Iñaki Rekarte

A la mañana siguiente al encuentro con Aitor Bores, me puse en marcha camino a San Sebastián para encontrarme con Iñaki Rekarte. Curiosamente, él había salido definitivamente de la cárcel de Martutene una semana antes de la visita a raíz de la anulación de la aplicación de la doctrina Parot de forma retroactiva, tal y como estableció el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en octubre de 2013. Sin embargo, había accedido a mantener el encuentro en el despacho del director de la prisión.

Aquel día, mientras conducía por la AP-8 y a 10 kilómetros de San Sebastián, sonó el teléfono. Era el director de la cárcel donostiarra, preocupado por darme una noticia inesperada: finalmente Iñaki Rekarte iba a faltar a su cita. Dos días antes, el propio Rekarte había participado en un seminario público en homenaje a Fernando Buesa. El hecho de que un etarra recién salido de la cárcel participase en un acto con víctimas del terrorismo levantó tanta expectación mediática que se sintió "abrumado, superado", según su entorno. Gracias a un contacto, que hacía de puente entre la mujer de Rekarte y yo, supe que el exetarra se "había ido al monte".

El interés por mantener ese encuentro era especial. Sabía, por algunos contactos en Prisiones, que era uno de los presos que más abiertamente había renunciado a su pertenencia a ETA. Por tanto, tenía la esperanza de que me pudiera facilitar más información sobre quién era quién en la banda justo antes de la detención de la cúpula de la banda terrorista en Bidart (Francia) el 29 de abril de 1992. Rekarte había sido detenido poco antes, el 18 de marzo de ese mismo año, tras cometer un sangriento atentado con coche bomba en Santander en el que murieron tres personas. Fue condenado entre el 91 y el 92 a un total de 144 años y 5 meses de cárcel, refundidos a una pena de 30 años.

Pasaron varias semanas y se restableció el contacto con él, siempre de forma indirecta y a través de Mónica, su mujer. Rekarte seguía dispuesto a reunirse. En esta ocasión sería fuera de la cárcel, en una cafetería en los bajos de un edificio del barrio de Loiola de San Sebastián. Se fijó una fecha: el 13 de marzo de 2014. Acto seguido, reservé billetes de avión de ida y vuelta para ese mismo día.

Aquel iba a ser el tercer y último viaje al País Vasco durante esta investigación.

La entrevista arrancó justo después de comer. El contacto que había facilitado el encuentro nos dejó solos un rato, cara a cara, sentados alrededor de una mesa de madera oscura en el ruidoso bar. Alrededor nos envolvía el bullicio de la gente que almorzaba en el local y del televisor encendido sobre la barra.

Rekarte hablaba muy despacio, con pausas interminables. Sus palabras surgían poco a poco, muy medidas. "De los encuentros con otras víctimas recuerdo nerviosismo. Ahora no estoy nervioso", dijo. "La primera vez sí. Luego, pues normalidad. Reflexionas, maduras, conoces otra parte que no conocías, o que pensabas que conocías pero no". Después comentó que estas reuniones las fueron planteando los propios presos. "Salían muchas ideas, esto, aquello, conversaciones informales... Se fue cuajando esa idea... Juan Antonio -el director de la cárcel de Zaballa- tiene mucho que ver", afirmó.

Contó su experiencia. "La otra persona tiene que haber evolucionado mentalmente", me dijo. "La lógica que se vive aquí [entre la mayoría de los etarras] es la lógica de la guerra, todo se hace muy impersonal, ¿no? 'Yo no he matado, ha matado ETA'. Es como si vas a la guerra y disparas, y a alguien habrás matado, pero no has sido tú, ha sido el batallón... Luego la vida te enseña, al menos en mi caso, que no puedes hacerlo tan impersonal. Pero para aguantar eso es lo que hace la mente, lo convierte en impersonal. Ni te lo planteas. Y yo creo que a todos los que matan, también a los soldados que al final matan, les pasa algo así". "Luego claro, algunos volvían a casa locos, dependiendo de la trayectoria mental que lleves en tu vida, si se ponen a personalizar lo que han hecho. Hay mucha gente que está loca en ETA, pero muchísima", agregó.

No teníamos ni puta idea de nada. Y así éramos las personas que habíamos hecho eso y las que habíamos entrado en ETA. Imagínate

Rekarte comentó que estuvo muy poco en ETA. "Desde mayo o junio del 91 a febrero del 92", dijo. Entró de legal en el comando Donosti con un colega, Juanra Rojo. Prosiguió su relato: "¿Sabes cómo eran antes las cosas? Mira, conocimos a un comando satélite del comando Donosti y nos dieron amonal, material, etc... y nosotros hacíamos lo que nos daba la gana, podíamos matar a quien quisiéramos: policías, guardias civiles, militares... Hicimos un atentado en Irún, pusimos una bomba en un bar, a un coche en Fuenterrabía le pusimos una bomba lapa que se cayó. Y todo eso decidido por nosotros, fíjate, con 18 años y 19 años. Recuerdo que cuando nos escapamos y nos fuimos a Francia uno de los que estaba allí nos pidió un informe para Hasi [uno de los brazos políticos de ETA entonces], de no sé qué, para ver qué tal en Irún... No teníamos ni idea de qué era nada de eso. Estuvimos una semana escondidos en una casa y pensando qué cojones le decíamos a ese. Es que no teníamos ni puta idea de nada. Y así éramos las personas que habíamos hecho eso y las que habíamos entrado en ETA. Imagínate".

"A lo largo de los años te vas empapando del tema, pero entonces no teníamos ni idea. Podíamos haber hecho cualquier cosa", confesó.

Volvió a mencionar durante la charla a Juanra Rojo. Le envió una nota cuando decidió salir de ETA y en ella le invitaba a abandonar también la banda. Rojo le contestó que estaba "muy apenado" con lo que había leído, que si no se acordaba de "aquellos chavales" que habían sido cuando entraron. "El que no se acordaba era él”, me dijo Rekarte. "Yo me acuerdo perfectamente de todo, incluso cuando me dijo que no sabía si se había metido en ETA por las ideas o porque le gustaban las armas, o sea que...".

Cuando huyó a Francia en el 91 lo hizo por sus propios medios, comentó. Estuvo dos días por el monte. "Entonces era muy fácil contactar con ETA, no era como ahora... Ibas a cualquier casa de cualquier cura y siempre conocía a gente de ETA. Y no sabíamos a dónde ir", dijo. Estuvo en una casa escondido, luego les movían cada poco. Del sur de Francia a Bretaña. "En muchas casas, en familias, ¿eh?". Al frente de la banda estaba Francisco Múgika Garmendia, Pakito.

Arrancaba el año 1992, año olímpico y clave para la imagen internacional de España. "Todo el mundo pensaba que esto estaba acabado, se daba por finiquitado, así que la lógica era mandar un montón de comandos y hacer todos los atentados que se pudiera, como de hecho hicieron, porque se estaba negociando". Rekarte aseguró que parecía ser que ETA lo tenía todo bastante hablado con el Gobierno español "y uno venía aquí casi, casi, a estar un rato y largarse". "Te decían: 'Tú mata todo lo que puedas, matad todo lo que podáis'. Eso es lo que decía Santacristina (Txelis) en sus cartas".

A Iñaki de Rentería no le conocía, comentó. El alias Gorosti no le sonaba nada más que de oídas. A Félix Alberto López de la Calle Gauna, Mobutu, le conoció en Francia, era el que llevaba a los etarras a ver a Pakito. A otros terroristas por los que le pregunté y que pudieron haber estado en Madrid, sólo por los juicios y por lo que escuchaba en la cárcel. En un momento dado, mientras le preguntaba sobre nombres y fechas, puse sobre la mesa un informe policial con una fotografía de su cara en blanco y negro, muy borrosa, muy antigua. "¿A ver qué foto tenían?", preguntó. Una foto policial de hacía más de 20 años. Un chaval. "Joder...", murmuró.

Ningún etarra habla en prisiones. Nada de nada. Y mucho menos de casos sin resolver

En un momento de la conversación, Rekarte me dio una de las claves más importantes de esta investigación. "Nadie habla nada en prisiones", confesó. "Nada de nada. Y mucho menos de casos sin resolver".

Pese a todo, intenté mantener un cuarto encuentro con un etarra, Juan Luis Aguirre Lete, que se encontraba cumpliendo condena en Zaragoza. Su ex pareja Petra Elser, de origen alemán, aparecía en las investigaciones policiales vinculadas al sumario del caso como colaboradora con ETA. Solicité esa entrevista formalmente el día siguiente de hablar con Rekarte, el 14 de marzo de 2014.

La Secretaría General de Instituciones Penitenciarias jamás contestó a esa petición.

A partir de ese momento, decidí dejar de hablar con etarras -presos o no- ya que había comprobado en primera persona lo que en ese momento Rekarte me había confirmado: era una pérdida de tiempo.