Mi lucha contra ETA (VIII - Apéndice)

Así evadió Rafael Vera las preguntas sobre el asesinato de mi padre

Ilustraciones / Jon G. Balenciaga

Miércoles 31 de agosto de 2016. 17:28 horas. Calle de la Princesa de Madrid. Ha pasado una semana desde que se publicara la serie Mi lucha contra ETA. Ahora, me encuentro en una ruidosa y anodina cafetería con Rafael Vera, quien fuera secretario de Estado de Seguridad en la época en la que miembros de la banda terrorista asesinaron a mi padre. El máximo responsable de la lucha antiterrorista de entonces. Ahora quiere hablar.

Vera llega impecablemente vestido: camisa de rayas, pantalón beige, zapatos grises cómodos y discretos. Gafas de sol. Luce un intenso moreno veraniego. El tiempo no le ha tratado bien: a sus 71 años camina ligeramente encorvado, lleva implantes auditivos en ambos oídos -"estoy sordo como una tapia pero estos aparatos funcionan de maravilla", me comenta-, sus manos son enormes, secas, llenas de manchas. Durante toda la conversación no desvía jamás la mirada, impenetrable. Es un animal político en el sentido más profundo. Lleva un libro que acaba de comprar. Es aficionado a la novela negra. No soy capaz de recordar cuál. No es importante.

Sus primeras palabras son un ejercicio de contexto. "Pasé más de 11 años en el Ministerio del Interior, con luces y sombras, en unos tiempos muy difíciles en los que encontrar el punto de equilibrio era muy complicado: estábamos pasando de una dictadura a una democracia". "El Partido Socialista, cuando llega al poder (1982), era absolutamente ignorante de cómo se movía el mundo de la información, de la inteligencia y del contraterrorismo, y contaba con unos cuerpos de seguridad muy hechos al régimen anterior... Es decir, mi misión consistía en conseguir la confianza de esas fuerzas, y a veces el Gobierno miraba para otro lado".

"Con 38 años, cuando entro en el Ministerio, tuve que conocer a fondo ese mundo, tuve que convivir con gente que iba con El Alcázar debajo del brazo y la bandera de España en el reloj; y ellos llegaron a confiar en mí y a respetarme. Lo siguen haciendo", afirma. Su expresión no varía, su voz trasmite fuerza y orgullo.

Prosigue su relato. "Las víctimas siempre me han parecido algo primordial, siempre. Había un sector en el Partido Socialista que no estaba de acuerdo con los colectivos de víctimas, porque entonces tenían un color político y estaban vinculados a una cierta tendencia política más bien conservadora; siempre ha pasado". Vera se refiere a cuando Matilde Fernández, como ministra de Asuntos Sociales, negó subvenciones a la AVT en 1992, una decisión corregida por la Audiencia Nacional.

"Yo huía de eso, porque eran víctimas en cualquier caso, y cada una podía tener su ideología", agrega.

¿Fue tan importante la detención del colectivo Artapalo, de la supuesta cúpula de ETA, en marzo de 1992 en Bidart (Francia)?

Sí, pero fue una operación más, no la más importante; creo que la más relevante fue la de Sokoa [una operación de 1986 en la que se descubrió, con ayuda de la CIA, un zulo en Hendaya en donde se halló una gran cantidad de documentación], y con diferencia: los papeles de Sokoa han estado dando información hasta hace nada, hasta que desaparece ETA.

ETA siguió matando.

La banda siempre siempre tuvo un recambio en la dirección, había jefes y lugartenientes, por lo que siempre ha podido sustituir enseguida a unos líderes por otros. Era muy difícil descabezar a una organización en aquellos años, en Francia, y que aquello se descompusiese. Ahí está, por ejemplo, Íñigo Iruin, que ahora es el abogado de Arnaldo Otegi en el tema de su candidatura. Este personaje siempre ha estado ahí.

¿Qué importancia tuvo la detención de Miguel Gil Cervera, Kurika, el 5 de junio de 1992 en París?

[Evade la cuestión] Es que yo, de los detalles de las operaciones… La colaboración de Francia cambió de la noche a la mañana con la llegada de un gobierno de centro-derecha, principalmente con las figuras del entonces ministro del Interior galo Charles Pasqua y Robert Pandroud, el secretario de Estado de Seguridad en el país vecino.

Aznar se presentó en el despacho del ministro y le dijo: a partir de ahora se han acabado los consensos en la lucha antiterrorista

Fue en esa época cuando el propio José María Aznar, que todavía no había ganado las elecciones contra Felipe González, se presentó en el despacho del ministro del Interior español y le dijo: "A partir de ahora se han acabado los consensos en la lucha antiterrorista". De esta manera, la lucha antiterrorista entra a formar parte del debate político de la oposición. En ese momento eran tiempos malos para la lucha contra ETA.

¿Se acuerda del etarra Alberto Albana Barrena?

Me acuerdo de él, pero no de los detalles...

¿Quien tomó la decisión de detenerlo? ¿Fue usted?

Nunca he impuesto a la Policía o a la Guardia Civil operaciones. Al comisario general de información y al jefe de los servicios especiales de la Guardia Civil, si había que hacer una detención, les decía: "No penséis nunca en las consecuencias políticas, la hacéis y ya". Si se justifican ciertos policías en conversaciones privadas contigo de otra forma, mienten.

Cuando había una operación, naturalmente, yo la conocía, pero no ordenaba nunca si era el momento de hacerlo, eran ellos -los responsables policiales- quienes lo decidían. Y esto era así porque, a lo mejor, había una operación de la que dependían otras importantes y había que respetarlas.

Eso fue lo que sucedió en el caso del comando Madrid en la campaña 92/93, le recuerdo: la detención de Aldana Barrena en París conduce a la huida de María Jesús Arriaga, su abandono del piso en la capital y la consecuente pérdida de la pista del comando. Insisto, ¿usted entonces no ordenó la detención de este etarra?

[Titubea y contesta] Mira, si fue en Francia, pudieron ser las autoridades de ese país, por interés político. Si su majestad el rey o Felipe González estuvieron con el presidente de la República o con el primer ministro galo pudieron decir: "Oye, a ver si colaboráis con nosotros". Y los dirigentes franceses quizá preguntaran a su policía. La policía, como siempre, le vende al político lo que tiene: "Tenemos esto, si queréis podemos detener a Aldana Barrena". Igual ni siquiera sabían quién era.

Le recuerdo que en ese momento había una operación de vigilancia al comando Madrid.

Ha habido muchas operaciones de vigilancia de esas... pero ¿y si los terroristas habían detectado la vigilancia del grupo policial, y entonces provocaron la detención porque si no se quemaba la operación y se tienen que justificar porque habían fracasado? Eso pasa, se justifican contra la autoridad política. Insisto, nunca he condicionado una operación policial.

Hay documentadas hasta cinco intentos de negociación entre el Gobierno y ETA a principios de los 90 y, concretamente, entre 1992 y 1993.

Todas esas conversaciones tenían objetivos policiales, no políticos, no te olvides. Por ejemplo, mencionas en tus reportajes a Arrieta Zubimendi, alias Azkoiti [Fue excarcelado en Francia en 1992 como enlace para negociar con la banda]. No era nadie, ya te lo digo yo, nadie. Pero las reuniones con Iñaki Esnaola y con Christianne Fandó (ambos abogados del entorno etarra), que tuvieron lugar en dos ocasiones y el CNI -el CESID de entonces- grabó, me permitieron establecer un dispositivo de vigilancia y seguimiento que les tenía controlados para averiguar así los contactos que tenían.

Azkoiti no era nadie, pero se le vigilaba y así podíamos averiguar los contactos que tenía

Con Azkoiti hicimos lo mismo. Sabíamos que había sido el hombre de la logística en los tiempos de Domingo Iturbe Abasolo, Txomin: llevaba los zulos, la compra de armas, ese tipo de cosas. Estábamos detrás de la entrega de esos datos, de averiguar dónde estaban los almacenes centrales de armas de ETA en Francia.

¿Por eso le dan libertad, medios económicos, un piso en París... y luego logra escapar?

Aquello creaba desconcierto y desasosiego en las filas de ETA. Tú preguntabas antes sobre Bidart: pues desde entonces los dirigentes de ETA fueron bajando en calidad. A la banda se la ha derrotado policialmente. El que diga que Zapatero y Rubalcaba tienen el mérito… en fin. Lo que buscaron Zapatero y Rubalcaba fue una salida digna a ETA, nada más. ¿Qué más han conseguido? Por eso, yo al final califico la actividad de ETA como una auténtica estupidez, han matado por matar. Que no es poco.

¿Cómo explica que descienda la actividad policial en el 93?

Hubo una cierta desmovilización en las fuerzas de seguridad. Todavía entonces, la gente que trabajaba contra el terrorismo tenía una carga ideológica notable. Cuando yo llegué a Interior con el PSOE tenía que buscar gente de confianza, que nada tenía que ver con la ideología.

Esa "desmovilización" que usted dice, ¿cuando se produce?

La desmovilización se produjo en los servicios de información, muy sensibles a todo el estallido que se produce contra todos los participantes en la guerra sucia, porque estaban implicados todos: Baltasar Garzón empezó a llamar a muchos al juzgado. El juez acabó mal, pero no por la prensa, sino cuando al PP le tocó "aguantarle". Cuando Jaime Mayor Oreja se llevaba bien con él, no era así: Garzón era casi como Dios, y es verdad que hizo cosas valientes, mucho más de lo que se esperaba de un juez de la Audiencia Nacional. Digamos que en la Audiencia no eran todos amigos.

Los datos indican que hay menos detenciones ya en el 93 y usted estaba allí.

Parece mentira que seas periodista y conozcas tan poco a las fuerzas de seguridad. En esa época, los usos, las costumbres, todo era muy distinto. Igual que la colaboración con Francia, las expulsiones. Hubo un momento en el que el Gobierno del PP anunciaba que se estaba produciendo esa cooperación, pero es que la colaboración con el país vecino la desatasqué yo, esperando horas a la puerta del ministro de Interior de turno y diciendo a mis colaboradores: "Aquí no hay dignidad personal, aquí si hay que bajarse los pantalones se los baja uno, pero lo que no quiero es más muertos y que esta gente colabore". Yo he tenido que aguantar que el ministro francés fuese de repente a hacer algo y esperarle horas.

Pero es que hubo una operación de detención contra Aldana Barrena que condenó otra, de vigilancia, sobre un piso clave para las operaciones del comando Madrid...

Insistes en lo de Aldana Barrena y yo no me acuerdo... De él sí, era un tipo destacado. Pero deja que te explique que en Francia, incluso en los mejores tiempos en materia de colaboración, la decisión de las detenciones no era nuestra. Nosotros no influíamos en eso. Tenia que ser una cosa excepcional para llegar a pedir una detención allí. Y eso que yo tenía muy buena relación con la juez Laurence Levert y la fiscal Irene Stollet.

En Francia, incluso en los mejores tiempos en materia de colaboración, la decisión de las detenciones no era nuestra

Tú haces referencia a una reunión en París, que no fue tal y como la cuentas [efectivamente, yo no la cuento: lo hizo El País en agosto de 1993], pero no te voy a corregir porque me da igual. Pero yo no influía ahí. La ventaja que yo obtenía era que la jueza me enviaba antes los papeles que ellos obtenían para que las fuerzas de seguridad españolas los analizasen.

Tú hablas también de García Corporales, y lo recuerdo como un tipo destacado, pero no me acuerdo… Mira, el otro día estuve con un antiguo jefe de la brigada central de información y le pregunté por la operación esa que mencionas del comando Madrid. Él tampoco se acordaba.

¿No recordaba la operación de vigilancia al piso del Paseo de Extremadura, 71 de Madrid?

Este antiguo responsable ya no estaba ahí como jefe de la brigada central. Yo le pregunté: "¿Sabes algo de lo que he leído sobre este asunto, de una vigilancia, etc.?" Tampoco se acordaba.

Esta vigilancia está documentada

Los polis intoxican también, ¿eh?

Me remito a lo que existe en un sumario abierto en la Audiencia Nacional. Yo he pedido una serie de pruebas documentales que sitúan al comando Madrid en su sitio hasta que la operación se revienta por la detención de Aldana Barrena. Esas evidencias datan de cuando usted era el máximo responsable de la lucha antiterrorista, y "no aparecen". ¿Sabe usted dónde están?

Yo sólo me acuerdo con exactitud de la operación contra el anterior comando Madrid, el de De Juana Chaos. Pero de esta operación no me acuerdo.

Pero tenía usted que estar informado.

Había una mesa de coordinación antiterrorista. Se planteaba una operación, con el nombre que le pusieran, e informaban: "Estamos en tal o tal fase". No se mencionaban nombres, ni sitios. Entre otras cosas, porque si le das un poquito al coco lo entiendes: en una mesa en la que están la Policía Nacional, la Guardia Civil y el CESID, es que no sueltan prenda. Poco nos podían decir allí. De hecho, solía ser al revés: muchas veces daban desinformación para derivar lo que pensaban los otros a donde ellos quisieran.

La Policía Nacional, la Guardia Civil y el CESID muchas veces daban desinformación en la mesa de coordinación antiterrorista

Yo solamente cogía el teléfono, el Ericsson, y decía: "Jesús [Martínez Torres], cómo vais". Él me contestaba, por ejemplo: "Director, pues vamos bien, ahora tenemos una vigilancia...". Pero yo no me quedaba con esos datos. No preguntaba a quién vigilaban, ni cómo, ni en qué piso, ni nada.

¿No hay pues una responsabilidad política en el caso del asesinato de mi padre ni en las demás muertes de las campañas 91-92-93 de ETA en Madrid?

En primer lugar, hay que saber si fue así, como tú lo has contado.

Todo lo que cuento está documentado. No me invento nada. Yo no.

En segundo lugar, yo me siento responsable políticamente de todas las víctimas. Lo he vivido así. Es decir, a mí me han dolido las víctimas. [Se quiebra su profunda voz]. Yo he ido a muchos más entierros que tú, a muchos. Y he visto a los familiares. Y estoy hablando de miembros de las fuerzas de seguridad del Estado. Y me ha dolido. Me ha dolido. ¿Cuál es la responsabilidad? Pues es que he fracasado, no he sabido proteger a esas personas. ¿Te parece poca responsabilidad política a estas alturas vivirlo así?

He tenido dos muertos cercanos: mi hijo y mi nieto. Hace cuatro años. Sé lo que es que una persona tuya se te muera, a tu lado. No fue por un atentado terrorista. Es igual: se han muerto. Y lo he sentido igual, Pablo. Cuando había muertos me daba vergüenza salir a la calle, los fines de semana no salía de casa, ni me iba a restaurantes, ni de veraneo… Nada. Porque lo sentía mucho por la gente a la que estaban matando, la responsabilidad política de protegerlos era mía, y no podía evitar que los mataran.

Entonces, ¿puede usted entender que quiera saberlo todo acerca del asesinato de mi padre? ¿Puede ayudarme?

Pues claro que lo entiendo, y además por tu doble condición: hijo e informador. Por las dos cosas, que además tienen mucha relación entre sí. Yo no te puedo ayudar en los casos concretos que dices: ni en lo de Aldana Barrena, ni en lo de García Corporales... Es que no lo sé. Si lo supiese, te daría toda la información.

Jamás hubo interferencias políticas. Te doy mi palabra. De hombre, no de político. Te doy mi palabra de honor.

Ahora, sí que puedo asegurarte que no hubo interferencias políticas. Siempre quedó claro, incluso ante el ministro. Te lo digo por activa y por pasiva. Ni siquiera en lo de la operación Azkoiti, ésa que tú crees que tuvo que ver con una posible interferencia. Nunca, Pablo, nunca. Te doy mi palabra. De hombre, no de político. Te doy mi palabra de honor.

Termina la larga conversación. Salimos a la calle. Hace mucho calor. Le agradezco su testimonio y nos despedimos con un abrazo. Él se aleja por la calle hacia Moncloa a tomar el autobús. Cada vez más pequeño, se confunde entre la multitud en la acera y desaparece.